De apelativos y modos de tratamiento

UNA amiga amante del deporte, alegre, enérgica, se me quejaba al teléfono de una repentina crisis de identidad, que, además de por la edad, era provocada por las múltiples maneras en que la habían llamado en una de sus caminatas mañaneras. “Lo mismo he sido mima, que mi herma, que doña, tía, o pura, dependiendo de la cuadra por la que ande trotando. En la del pre de la esquina soy pura, con lo que me aumentan como 13 años y un par de libras, y dos cuadras más adelante, frente a la cooperativa de la construcción, soy mi vida, mi cielo, chula, en fin, ahí rejuvenezco.” Sorprendida de haber compartido la identidad de pura y niña en sí misma, me comenta sobre lo interesante de los apelativos, que pueden hacerte sentir de diversas maneras según las formas de tratamiento de quienes quieren llamar tu atención.
Es cierto. A veces nos puede alegrar el día que al preguntarnos la hora seamos para alguien “su cielo”, o “su sol” -lo cual pareciera rayar en un halagador fanatismo religioso- y, de igual modo, si tuvimos un día de mal humor, la tapa del pomo puede ser que alguien, para averiguar si la guagua ya pasó, te pregunte a ti, “tía”, ¿hace cuánto fue? Pero si emociones y sensaciones diversas generan en los apelados los diferentes modos de dirigirse a ellos, así mismo esas maneras de reclamar la escucha de alguien dice mucho de quien habla, de su modo de pensar y de actuar, y hasta de su actitud ética podría dejar alguna seña. Esa simple, pequeña palabra, que mucho suele pasar inadvertida, puede revelar incluso si nos sentimos bien o mal, alegres o desanimados, al dirigirnos a otros. Quien pide un favor a alguien desconocido y lo llama “su puro” no deja la misma impresión que quien apela al “compañero” o con el aún menos usado “señor”, aunque no necesariamente haya una mala intención en el primero, sino un uso inadecuado del registro, pues el ansia de acercar afectivamente al otro y la agudeza de motivar al favor desde el halago se percibe en ambas.
Interesantes matices imponen la situación comunicativa, el estado anímico, la intención del hablante, su psicología… Con escuchar un rato una discusión de pareja se notará una rica diversidad según los cambios de ánimo que imponen Cupido y Marte, y que llevan, por ejemplo, a mi amigo Cristian, a explicarle algo inicialmente a “su bebé”. Pero luego -cuando el bebé no entiende, lógicamente- apelará con el utilísimo “mija”, y diez minutos más tarde, ya en batalla a campo abierto, mi amigo puede llegar a vociferarle las explicaciones a una “mostra” –interesante y forzada feminización de monstruo, que hace pensar en mutaciones al estilo hollywoodense. O sea que, a razón de un nivel afectivo por minuto, la familiaridad y los votos matrimoniales van descendiendo hasta lo monstruoso, la amada nené se metamorfosea en criatura del infierno para la subjetividad de quien habla, y todo queda registrado allí, sin tener que acudir a palabras ni gestos mayores, en los modestísimos apelativos.(En casos como este se recomienda al lingüista o al testigo deslizarse cuidadosamente de la habitación con su listica de apelativos antes de ser enfocado por cualquiera de los monstruos).
¿Y cómo no pensar también que los modos de apelar cambian según la situación comunicativa, cuando otra de mis amigas podría tomarse por zoofílica si sus vecinos la escucharan llamando a su “tigre”, su “bestia” o a su “animal” en momentos algo “romanticones”? Igual se podría reflexionar —que no es lo mismo que tener un prejuicio de antemano- sobre las relaciones de poder y el pensamiento machista, o acerca de las evoluciones de la mentalidad, de la cultura y la sexualidad, cuando escuchamos a los muchachos cubanos llamar a sus amigos del mismo sexo como “papi”, a semejanza de los artistas boricuas de su preferencia. También con aires de otras culturas, según me cuenta mi amigo sanmiguelino, se empieza a usar el mexicano “mi carnal”, tal vez gracias a esas telenovelitas de la tierra azteca que tanto se consumen por ahí, y no se pierde en el tiempo el “brother” norteño. De tanto movimiento cultural, vida en dinamismo, cambio de pensamiento… nos pueden decir esas palabras humildes y tal vez poco atendidas por nosotros que son los apelativos.
De nuestra cultura nacional, rica, marcada en mucho por la sociabilidad que imponen la condición de isleños, nuestro proyecto social de colectivismo y todo lo que hace, según Rodríguez Rivera, que los cubanos piensen en sí mismos como un “nosotros”, suenan siempre cubanísimos y cercanos “mi hermano”, “ecobio”, “mi socio”, “monina”, “yunta”, el eterno “compadre” pasa sin deslucirse, y se enraiza en nuestra historia lingüística con aires de proximidad espiritual el ya patrimonial “asere”, que después de marcado con el tabú injusto del siempre enigmático conjunto de monos, ganó la Academia y sigue vigente por el tono de criollísimo afecto. También el ya menos usado “el mío” implicó durante mucho tiempo un sentido profundamente expresivo, y “este tu niño” gozó de simpática popularidad a la hora de llamar a otros, acaso desgajado felizmente del colorido personaje de una telenovela cubana.
Más colectivos, para dirigirnos a un grupo de cercanía marcada, llama mucho la atención e invita a recabar en su historia el uso de larga data de “caballero” -así, aparentemente en singular por la caída de la silbante final, pero manteniendo su marca de grupalidad. “Caballero”, y no “caballeros”, es simplemente, ustedes, cubanos como yo, cercanos a mi corazón. Por no entender eso cuando una vez invité a un grupo de amigas: “caballero, vamos a almorzar”, la estudiante inglesa inspeccionó toda el aula en busca del gentle man.
Tema largo para reflexión de lingüistas y hablantes es el de los apelativos. Tema que promete descubrir un mundo de historias, detalles de nuestros mestizajes, interesantes emociones y misterios del alma humana/cubana en brevísimas y poco percibidas palabras. Basta ahora con avivar el interés, y de paso con exhortar a que se halle el dominio lingüístico y el ánimo suficientes para crear normas propias, incluso en esto de las formas de tratamiento, a fin de sentirnos cómodos con el lenguaje y poder expresar los matices únicos de la personalidad. Por eso hay quien llama a todos como “amigo”, quien prefiere el cariñoso “mi negra”, y aquel que es inconfundible por apelar al otro como “mi chini”. Mis compañeras de confianza son para mí “ladies”, a mi amigo cercano le pregunto “¿Qué crees de este tema, buen hombre?”, y a los lectores cubanos se les puede decir, en sencilla y jaranera complicidad, “aquí se acabó este comentario, caballero”.

Iris Oropesa Mecías

Licenciada en Letras

 

Be Sociable, Share!

Un pensamiento en “De apelativos y modos de tratamiento

  1. avatarDaniel Noa

    Buen trabajo sobre apelativos y modos de tratamiento. Es, efectivamente, sólo una aproximación a la gran maraña en que se ha tornado este tema. Los cubanos de etapas recientes tenemos una tendencia creciente al espontaneísmo y al exceso de confianza que a veces, a ciertas culturas foráneas presentes en el país, les parece hasta irrespetuosa…como llegaron a manifestarme no hace mucho ciertas jóvenes recatadas en el contacto físico y verbal, no dadas al ¨besuqueo¨ ni a muchas de las frases y expresiones mencionadas más arriba…que se sintieron acosadas por algunos sujetos, cubanos, que no supieron percibir la diferencia de culturas y tradiciones de ellas. Durante muchos años se habló de la ¨educación formal¨ esa que sale del hogar, de la calle, de las escuelas, de los medios de comunicación masiva (producciones discográficas, televisivas y fílmicas que no abusan del ¨choteo cubano¨). Hay que distinguir nuestra identidad nacional con sus puntos, sus comas, sus curvas y entuertos…somos como somos…pero ha de distinguirse siempre lo culto de lo vulgar, lo respetuoso de lo que no lo es y darle a cada quien el tratamiento que merezca según su condición, el momento y lugar. Ahí se ganarán batallas por el respeto mutuo y la confianza que son pilares de una unidad a prueba de los mayores retos y amenazas.
    Me expreso con la autoridad de quien imberbe, con sólo 11 años, fue corrector de pruebas…y hoy con 67, sigo luchando por el mejor decir…a tono con el ilustre estilo periodístico que percibo en Juventud Rebelde y sus principales exponentes en quienes la ética es un bastión.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


*