Etimología popular o asociativa, interesante evolución de las palabras.

Un sinfín de fenómenos y procesos nos dicen día a día que la Lengua es como una inmensa y misteriosa criatura, multicolor, vivísima e intrigante, que se alimenta de cada uno de sus hablantes, y con ellos y para ellos existe. No sé bien si eso suena a monstruo hollywoodense, ahora que lo pienso, pero lo seguro es que como hablantes somos protagonistas y creadores, y que los actos lingüísticos que llevamos a cabo como comunidad tienen la fuerza de crear nuevas palabras y modos, e incluso, de cambiar reglas, normas y tendencias. Es la Lengua nuestra hermosa obra de arte y herramienta colectivas.
Un ejemplo muy interesante de procesos lingüísticos que demuestran con claridad el impacto de los hablantes en la evolución lingüística es la etimología popular o asociativa. Es ese un procedimiento por el cual el hablante relaciona una palabra con otra que guarda alguna similitud o proximidad en su significado, y termina por cambiar fonológicamente el término en uso para hacerlo parecer al otro. Me explico con ejemplos: cuando escuchamos decir esparatrapo, en lugar de esparadrapo, como es “correcto”, el hablante ha asociado el significado de esa cinta para tapar heridas con el significado de la palabra trapo, puesto que alguna relación guardan, al ser esta de tela. Por causa de esa analogía se comienza a preferir esparatrapo, que es una palabra al parecer más motivada, más apegada a un contenido semántico claro, que esparadrapo, cuya etimología el hablante común desconoce.
De ese modo, cuando un número importante de usuarios de la Lengua comienza a preferir el uso de esta palabra producida por etimología popular, porque la sienten más transparente en su significado, a una que les parece simple convención lingüística, se crea tendencia, y si esta es muy sostenida en el uso, la palabra “original” puede evolucionar. Así, no sería raro que hallemos esparadrapo de repente aceptada como norma en nuestros diccionarios.
Al parecer también hay un proceso mental o cerebral que facilita que recordemos mejor aquellas palabras cuyos fonemas asociamos claramente a un significado que las que nos parecen gratuitas, arbitrarias, misteriosas, simple suceción convencional de sonidos. Pero eso ya es tema de un estudio multidisciplinario.
Lo ciero es que muchas de las palabras que hoy usamos provienen de ese interesantísimo juego por el que un hablante relacionó dos significados en su mente. Por ejemplo, cerrojo, antes solía ser verrojo, proveniente del latín verruculum, diminutivo de veru, que quería decir cierre, pero al ser relacionado cerrojo con el verbo cerrar, los hablantes comenzaron a preferir el uso de cerrojo, que sentían más claro en su significado que el término verrojo. Hoy día ya verrojo nos suena muy lejano, y no se nos ocurriría pensar en abandonar cerrojo para recuperarlo.
De esa misma manera ocurre con semáfaro, que aún no se registra como norma, pero se produce por la asociación de semáforo con faro o farol; canalones, en lugar de canelones, por asociarlo con canal; alicóptero suele sustituir a helicóptero, la norma aceptada, por la cercanía con el significado de ala o alas; ideosincracia suele decirse en lugar de idiosincrasia, por relacionarla con la palabra idea… Y así muchos casos de la supercreativa etimología popular o asociativa.
Nuestro profesor de Lexicología y Semántica solía poner el curioso ejemplo de una medicina rusa que se utilizó en nuestro país que se llamaba Kaoenterín. Los usuarios cubanos del español, con el humor que nos caracteriza, hacían sus asociaciones, y terminaban por cambiar el nombre al medicamento por medio de la etimología popular. Claro que aquí no me es posible reproducir la palabra resultante…
Anímese a añadir sus ejemplos de etimologías populares que conozca y, sobre todo, valore la riqueza de la Lengua y de sus usuarios, imaginativos y hasta poéticos. Siempre recuerde dejar en la puerta los prejuicios cuando de la Lengua se trata, pues lo que hoy nos parece escandaloso puede llegar a ser mañana una palabra muy querida y familiar.

Por Iris Oropesa Mecías

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